por las mañanas nos levantábamos temprano, y mientras yo comenzaba a preparar el café (máquina italiana de 5 tazas que nos acabábamos antes de las 11) él andaba descalzo y desnudo hasta el tocadiscos y comenzaba a poner discos. El desayuno era en silencio, nos intercambiábamos la mantequilla, la mermelada, nos pasábamos el azucarero o nos servíamos el café en las tazas. Mientras, leíamos el periódico o algún libro de cuentos (de esos que no requieren una especial implicación, de esos de 3 páginas, de esos que nos gustaban). Así podíamos pasar una hora, sentados en la mesa del salón, y el desayuno se difuminaba con el trabajo, puesto que al poco él estaba comenzando a bocetear conceptos en una libreta y yo ya empezaba a escribir notas para el siguiente artículo, la siguiente entrevista, las próximas fotos.
[el tocadiscos. Él se levantaba cada vez que acababa una cara, un vinilo, le daba la vuelta, les limpiaba el polvo, los guardaba concienzudamente en ése orden que sólo él y yo llegábamos a comprender y que volvía locos a nuestros amigos]
Muchas veces no cruzábamos palabras hasta la hora de comer, y sin embargo la conversación silenciosa corría entre nosotros. Los gestos, alguna caricia o las sonrisas que nos dedicábamos, como dos quinceañeros que se acababan de dar la mano por primera vez. Pero entonces llegaba el momento de elegir menú, y se rompía el hechizo, la magia, hasta el día siguiente.
— extraído de Mi vida con el arquitecto, de Juanjo Roshchard.