La amante suicida conoce al Cosmonauta
I
La amante suicida se sienta altiva, vestida de blanco desconsuelo, al borde del acantilado de la bañera. Después el agua hirviendo cubre sus senos tristes y en un rincón, escalando un taburete inadaptadp, un tocadiscos desgarra la voz tierna de un hombre enamorado que sonrió a mil mujeres y no supo amar a ninguna.
Mientras, nuestra protagonista cumple su destino con premeditación y alevosía. Continuará cantando unos versos ajenos que no comprende hasta casi quedarse dormida.
El crujido sacrílego de la puerta no le devolverá suficientemente a una conciencia burlona, capaz de permitirle identificar un señor con escafandra.
II
El cosmonauta la encontró desnuda;
goteaba el plasma
desde su antebrazo al son de un reloj de cuco
que se detuvo cincuenta y siete años atrás.
En la gramola Chat Baker cantaba
a algún San Valentín que no le deparaba esperanzas
y él sostenía la cabeza de la mujer
como si fuese cristal de Bohemia.
Irónico, pensó Stanislaw,
que el primer humano al que tocara
tras su periplo en el espacio
agonizara en su pecho al tiempo
que él anclaba su futuro
a esta novia suicida.