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Un tema de Heather Rivers
Con la inspiración del Cosmonauta
Cosas comunes:
El cosmonauta camina por la ciudad vacía y abandonada y entra en una librería abarrotada de obras.
Clásicos se amontonan junto con el polvo desde el suelo, suben en columnas hacia un techo alto de madera vieja.
Aún huele a humo. Posiblemente el librero usaba pipa.
El cosmonauta pasea por entre las torres de Babel, literatura universal a la izquierda, abandona un montón de enciclopedias y se sienta sobre comedias griegas.
Abre un libro fino y ríe con tristeza al encontrar su propia historia escrita en versos. Puta casualidad.
El cosmonauta se despierta en mitad del medio día. Anoche volvió a beber, le duele la cabeza, y el timbre del teléfono atrona en el interior de su cráneo.
Entonces cae en la cuenta y se levanta corriendo, a tiempo de cogelo y no oír más que una respiración suave al otro lado de la línea.
No está solo, lo sabe. Aunque no puede imaginar como llegar a quien está al otro lado del cable.
El cosmonauta camina por las calles de una ciudad que sabe de memoria y a veces encuentra nuevos locales, rincones que no estaban y cafeterías recién abiertas.
Hoy encontró una pequeña y bonita, que desde fuera parecía una tienda de decoración naïf.
Cada silla era diferente de las otras sillas. Incluso había un sillón ancho donde recostarse, dejar el casco del traje espacial que no se quita nunca, y ponerse a leer ciencia ficción.
Aunque el cosmonauta lo que prefiere es la poesía.
El cosmonauta también hace fotos. Tiene una Smena algo vieja pero que aún funciona, y siempre acaba asaltando tiendas de ultramarinos para encontrar carretes de diapositivas.
Sus fotos están sobreexpuestas y ultrasaturadas.
Como su vida.
El cosmonauta riega las plantas y recuerda los meses vividos en la nave. Allí tenía una planta de guisantes metida en un envase de batido energético.
Aquí ha decidio cultivar en los balcones, las terrazas y las ventanas de ciertos edificios. Así, cuando sale a pasear, puede ver tomateras en el segundo de aquel bloque tan gris y lechugas en las ventanas de la escalera.
Los rosales y otras flores quedan relegados a las terrazas superiores de los edificios. Y si camina por las montañas de los alrededores puede contemplar una ciudad de color aunque sólo sea en sus ápices boscosos.
El cosmonauta se despierta con una resaca amarga, de lengua de trapo y espalda en obras.
Vodka.
Sale al comedor y abre un sobre de zumo de tomate liofilizado. La nave da vueltas al son de su cabeza, por lo que sus ideas han alcanzado una gravedad artificial que le proporcionan cierto estado de paz.
Hoy será otro día lleno de nada.
El cosmonauta, un mes y medio después del incidente, aún no se ha acostumbrado a la luz del día y a las noches a solas.
El cosmonauta sabe de la existencia de los otros. Sabe que salen por la otra puerta justo unos segundos antes de que él entre en la habitación. Sabe que se han ido a dormir a las otras casas en las que él decide no buscar.
Al principio era un poco frustrante. Encontrar restos de una cena a medio comer, el pescado aún humeante. La taza de café a medias, la ducha encendida…
Luego acabó asumiéndolo. Que le había tocado estar solo.
El cosmonauta se sienta frente a una mesa puesta con dos cubiertos y dos platos…
Olvidó hasta a cocinar para uno sólo.
El cosmonauta en el espacio se prepara una ensalada de comida deshidratada y la aliña con lágrimas, una por cada sueño que dejó lejano y sin cumplir.